Qué le pasó a Sabrina? - Parte II

parejas de caballos

Un lunes, Julieta llegó con la novedad de que estaba con un chico de la playa que se llamaba Mirko. Era surferito y todo rubio, por el sol; palabras de Julieta.
—Es liiiiiindo, corre tabla y siempre está quemadito aquí. —Se señaló las mejillas—. Y tiene el pelo todo rubio por el sol —contó Julieta.
—¡Pero cómo fue! ¡Cuenta! —exclamó Sabrina con la voz muy aguda, intentando disimular la envidia.
—Es que estábamos en la casa de María Gracia, con Silvana, Caro, Ricardo, todos, ¿ya? Y llegó Mirko, recontra canchero, diciendo para «jugar Pringles» y no sé qué huevada, y resulta que el «juego» era que agarraba una Pringle y se la ponía en la boca y tú tenías que morderla sin que se deshaga y al toque se puso la papita en la boca…
—¿Qué? ¿Con todos ahí mirando?
—Jajajaj, sí, es que estaban todos muy borrachos, yo no porque solo había tomado una chela, pero la mayoría estaba tomando ron. Es más, estaban tan borrachos que Ximena terminó botada en la cama de los papás de Gerardo, jataso y sin el top del bikini, huevadas así… La cosa es que ya pues, mordí la papita y, obvio, se deshizo y ya pues, agarramos y me dijo «¿quieres estar conmigo?» y yo le dije que «sí» y ahora estamos.
¡¿Y ahora qué le digo?! Ella es flaca, linda y yo un camote más o menos…
Julieta con Mirko y a Sabrina no la miraba ni el vecino creepy que se mudó hace poco; hasta con ese estaría con tal de estar con alguien.
—Bueno, no te conté, pero yo también estoy con alguien. —Fue finalmente su respuesta y Julieta abrió los ojos en señal de sorpresa—. Estoy con Nicolás, desde la semana pasada —salió de su boca sin control y como catarata.
—¡¿Whaaaaat?! ¡¿Cómo?! ¡¿Por qué no me contaste?!
Piensa rápido, Sabrina, la cagaste, ¡piensa, maldita sea!
—O sea, antes estuve con Giancarlo, en el cole, pero fue algo bien tonto y por eso ni te conté.
—¡¿WAAAAAAAAAA?! ¡No entiendo! ¡¿Por qué no me dijisteeeeee, estúpida?!
Y así fue como Sabrina terminó revolcándose en la mera mierda, contando cómo estuvo con Giancarlo en la clase de coro, después que Sebas la choteó. Le contó a Julieta que un día estaban los dos solos en el salón porque justo llegaron temprano y se pusieron a conversar —perfecto, el chico que menos habla de todo el colegio— sentados con una pierna a cada lado de la misma banca, frente a frente, y entonces Giancarlo le dijo que ella le gustaba y que si quería estar con él y Sabrina le dijo que sí.
—¡¿Y cuánto tiempo estuvieron?! —Julieta seguía sorprendidísima.
—Un mes… Es que fue en diciembre y con las vacaciones ya no nos íbamos a ver, así que terminamos. Aparte, fue cosa de coro no más, por eso te dije que fue algo bien tonto.
Tan tonto como inventarse que estuvo con un pata con el que jamás había hablado, ni siquiera tenía su teléfono y, además, ahora resulta que tienes que terminar con tu enamorado del colegio cuando vienen las vacaciones porque fuera del colegio no se pueden ver. Brillante, Sabrina.
—Ya, ¿y Nicolás? ¿Él no vivía en Ayacucho? —preguntó Julieta menos entusiasta, un poco escéptica, se diría.
—No, se mudaron el año pasado. ¿No te acuerdas que te conté que fuimos a pasar Año Nuevo a su casa? Era para inaugurarla.
—Ah, verdad… —respondió recuperando un poco de fe.
El problema fue que se le vino otra sopa de pescado con mango; que un día Nicolás fue a la casa de su abuela en Chaclacayo, se le pegó un montón en la piscina y le dijo que quería chapar con ella y se zambulleron porque qué roche y ahí se dieron un piquito bajo el agua, tan románticos los lovebirds y luego, cuando salieron de la piscina, ya agarraron normal, escondidos para que la tía Celeste no se entere y ahora va todos los domingos a la casa de la abuela para verse y agarrar. Lindo su enamorado Nicolás de la casa de la abuela los domingos.
Se tragó el cuento, Julieta. De repente porque ella quería creérselo. Todo el tiempo choteaban a Sabrina en el cole y, a fin de cuentas, era su mejor amiga y quería verla feliz.
Julieta pasó la siguiente hora haciendo preguntas cada vez más complejas que Sabrina logró frenar con la excusa de que se tenía que bañar.
Compungida, triste, sin enamorado, sin haber besado a alguien en la boca en toda su vida, con Julieta llevándole años de delantera, porque Mirko era su primer enamorado pero no su primer agarre, y además, divertida, bonita, flaca y cool, con el pan con pescado que Sabrina intentó torpemente organizar en su diario, se quedó dormida bien tarde. Le costó una barbaridad levantarse al día siguiente para ir al Instituto Frieda Holler, a su clase de pasarela… tacón, punta, tacón, punta.
Lo mejor del instituto fueron los aeróbicos y la nutricionista. Realmente una capa la licenciada Flor María Rebagliatti, súper joven. No la dejaba tener hambre. La llenaba el día con snacks «sanos», como pan árabe integral con queso fresco o zanahoria sancochada con mayonesa light.
El colmo fue cuando Renato dijo, ya terminando el verano, con Julieta y Andrea presentes, por supuesto, porque sola jamás, ni la saludaba:
—Oye, Sabrina, estás flaca.
Como el comentario más natural del mundo.
Sabrina respondió tornándose completamente morada como una beterraga y riéndose llena de nervios. Andrea, ácida como siempre, remató:
—Asu, Renato, cáele de una vez, mejor ¿no?
—Que me mande el número de su cirujano plástico… aunque no es taaaan bueno, pero para mis amigas de escasos recursos pues, jajajaja.
La cagó el muy imbécil.
Rieron todos. Chongo estúpido, ni risa, solo un intento de salvar la situación, para que por nada del mundo se entienda que ese «estás flaca» significa que quiere algo con Sabrina.

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