Qué le pasó a Sabrina? - Capítulo 3

Las tardes de ese verano, Sabrina y Julieta se dedicaron a cantar a gritos al son de los Beatles, salvo cuando estaba Andrea de visita. Cuando estaba Andrea, Sicilia las llevaba a pasear a Miraflores o a la pista de patinaje de Metro.
—¡Chicaaaaaas, bajen el voluuuumen! —gritaba Sicilia mientras tocaba la puerta del cuarto. La pobre no le escuchaba nada a Natalia, su hermana, al otro lado del teléfono.
Les agarró fuerte la beatlemanía. Pedro le regaló a Sabrina el Anthology 3 por su cumpleaños; ese acto desencadenó la debacle. Cuando su prima Rocío le prestó su VHS del documental The Beatles Anthology que grabó de un canal de cable, Sabrina olvidó por completo la existencia de Renato, de Sebas, de Nicolás, de todo el mundo. Sus fantasías comenzaron a girar en torno a Paul McCartney.
Todos los días, Sabrina y Julieta se tumbaban en la cama para ver el Anthology, muriendo por los Fab Four; Sicilia ya no se quejaba tanto de la bulla.
—Mami, ¿tú crees que los pueda ver algún día? —le preguntó esa vez que Sicilia se tumbó sobre la cama a ver qué tanta vaina con ese documental.
—No creo, Bri… —respondió nostálgica. Ella vivía en Estados Unidos cuando los Beatles cayeron a Washington por primera vez y no pudo ir a verlos, por temas de salud.
—No pues, obvio que solo Paul, George y Ringo —respondió Sabrina feliz de saber por primera vez en su vida los nombres de los integrantes de una banda de música.
Sabrina quería escuchar a su mamá decir que sí, que irían juntas a verlos; obvio que a Lennon no porque lo mató Chapman, ese loco de mierda. Desde que se enteró cómo fue la cosa, gracias al documental, vivía permanentemente indignada; ese maldito chancho imbécil…
—Ay, Bri… —suspiró Sicilia—. Me encantaría decirte que podrás verlos, pero al menos en Perú lo veo bien difícil. —Volteó a mirarla, la carita de pena y decepción—. Pero ¿qué te parece si hacemos un pacto? Ni bien se reúnan estos magníficos, nos vamos al país donde hagan un concierto y los vemos juntas. ¿Qué dices? —propuso sonriente.
—¡Yaaaaa! —respondió Sabrina incorporándose de un salto, con el corazón latiendo a mil y justo con Paul McCartney sonriéndole a la pantalla, allá en 1966—. ¿Sabes qué, mami? Cuando sea grande, voy a ser científica y voy a hacer una máquina del tiempo para volver a 1962 y voy a buscar a Paul y voy a hacer que se enamore de mí y…
Sicilia se reía, la miraba repleta de ternura y asentía. Se hacía la sorprendida por esas ideas tan brillantes de su Bri… Tan felices estaban que en la noche buscaron a Julieta para ir a comer a El Hornito.
Esa noche Sabrina no pudo conciliar el sueño. Se pasó la madrugada entera imaginando su llegada a 1962 en la máquina del tiempo, justo a un concierto en el que Paul se caía… y yo, especialista en primeros auxilios por todo lo que aprendí para atender a mi mamá cuando se puso mal, corría a su encuentro para salvarle la vida, porque, además, estaba a punto de tener un infarto, y lo llevábamos al hospital en la ambulancia y yo me quedaba afuera, preocupada, con Ringo, John y George, vestida rarísimo porque obvio pues, vengo de 1997 y tenía la laptop de mi papá en mi mochila y con eso los impresionaba a todos y Paul se enamoraba perdidamente de mí y yo era flaca y además fui su salvadora y…
—¡Briiii! ¿Ya estás cambiada?
Último día de clases en el Instituto Frieda Holler, la graduación era en la tarde.
Había almuerzo de despedida y la mismísima Frieda Holler estaba sentada en la cabecera con los mejores modales, prácticamente un examen. En la tarde era el desfile. Sabrina, por supuesto, muerta de roche con sus taco aguja n.º 9, modelando por la pasarela para recibir su diploma. Sucede que no solo había padres de familia, sino también los hermanos adolescentes de algunas de las otras chicas y ¡quéeeeee rocheeeeeeee!
Faltaba una semana para comenzar el colegio. Tercero de media y por primera vez en cuatro años Sabrina asistiría a clases sin papada. Tampoco tenía el cuerpazo de Aranza o de Sol. Seguía teniendo un poco de sobrepeso, pero definitivamente se sentía mucho mejor frente al espejo; una mejora evidente, Julieta no paraba de decirle que si seguía así, iba a ser un cuerazo.
—Si sigues bajando de peso vas a ser un cuerazo, huevona.
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