¿Qué le pasó a Sabrina? - Parte 7

peque parcha el mundo

Ya no había coro extracurricular ese año, o bueno sí, pero era opcional. Lo que había era una lista de actividades para después del colegio y te podías inscribir en la que más te gustaba. Eran dos por semana. Sabrina eligió: Club de Historia y *Basketball*; no porque fuese la gran deportista, sino que básicamente era un grupo pequeño que se dedicaba a driblear la bola durante hora y media y el resto se quedaba sentado en la berma de la vereda de la cancha, conversando, durmiendo o lo que sea. En las extracurriculares agrupaban a los de tercero, cuarto y quinto y justo a basket se metió un chico altísimo y bien churro que siempre la saludaba y a Sabrina nadie la saludaba. Un día le habló.

—Oye, qué bonitos tus ojos —dijo bien suelto de huesos, sentándose a su lado en la cancha.
—Ja ja ja… —«¿y ahora qué mierda digo?», pensó Sabrina—. Gracias… —le salió entre dientes.
—¿Cómo te llamas? ¿Sandra, creo?
—Ja ja ja, Sabrina.
—Ah, verdad, Sabrina.
—Pero puedes decirme Bri —agregó sonriendo.
—Ah, ya…

El chico se paró sin decir más y se fue dribleando a encestar. Sabrina se quedó exactamente en la misma posición en la que la dejó, mirándolo como cojuda y 100% segura de que un chico así jamás en esta vida le va a dar bola; sintiéndose muy idiota además, porque o sea, ¿«puedes decirme Bri»? ¡Pero en qué carajos estaba pensando! ¡Qué clase de conversación es esa! ¿De cuándo acá le digo a la gente que me llame así? Ni los de la promoción me dicen Bri. O sea, encima que el cuerito ese viene a hablarme, yo le salgo con «me puedes decir Bri»… ¡qué mierda te pasa, Sabrina!

El reproche no la dejó hasta que se acostó en su cama esa noche, ¡¿ya ves?! Por eso nadie te da bola. Hasta que finalmente se durmió.

Al día siguiente, Sicilia no se levantó como de costumbre para llevarla al cole. Salió con Pedro y Dante. En el camino, Pedro le contó a Sabrina que mami se sintió un poquito mal en la madrugada y por eso es mejor que descanse. Sabrina se puso helada… otra vez no, por favor…

—Solo se descompensó un poco, hijita, se le subió la presión, pero no hay que alarmarse, ya está mejor, el descanso le va a hacer bien —explicó al ver la cara de espanto de Sabrina—. Pronto la verá el especialista; tú no vayas a hacer que se esfuerce en la casa no más, ¿ah? Nada de hacerle pasar malos ratos —dijo un poco más serio.
—Ok, papito. Pero seguro que ella está bien, ¿no?
—Por el momento sí, ya veremos qué dicen los exámenes.
—Ahora cuando regrese le tomo la presión y el pulso y te digo cómo va.
—¡Esa es mi doctorita! —exclamó emocionado, abrazándola toscamente, como era su costumbre.

Sicilia se sintió mucho mejor ese mismo día, un poquito cansada no más, no es nada, Pedro, pero Pedro era médico y conocía muy bien a su señora, y por eso la llevó derechito al especialista, que resultó ser un oncólogo del INEN. El chisme vino de Dante, cuando recogió a Sabrina del colegio, solo. Sicilia todavía estaba en el hospital.

—Parece que a tu mamá le van a hacer quimioterapia —respondió Dante cuando Sabrina le preguntó por qué no fue ella a recogerla.
—¿Quimioterapia? ¿Eso no es para cáncer? —preguntó Sabrina.
—Bri, yo no te he querido decir nada, tú sabes que yo quiero mucho a tu mamá, a ti, a tu familia, los conozco años, pero parece que a tu mamá le encontraron un tumor hace poco y recién hoy le han confirmado que necesita quimioterapia.
—¿Qué? ¡Y por qué no me dijeron nada, Dante! —exclamó Sabrina, a punto de llorar. Dante detuvo el carro y volteó con el semblante triste.
—Tranquila, mamita —dijo, acariciándole la cabeza—. No te dijeron nada para no preocuparte, pero yo no estoy de acuerdo, yo creo que sí es bueno que sepas —pausó un momento para dejarla llorar, desahogarse—. Tranquila, mamita, tranquila… mira, tu papá me ha dicho que van a comenzar a hacerle tratamiento, ni siquiera la tienen que operar, seguro va a salir todo bien, tu mamita es recontra fuerte, ¡uffff! Vas a ver que todo va a estar bien.
—Ojalá, Dante. Y gracias por decirme… pero ¡qué cólera que no me hayan dicho nada ellos! Y yo toda monga tomándole la presión en la casa como si se fuera a poner mejor —renegó ya sin llorar, pero bien frustrada y más que nada, asustada.
—Bri, tú haces mucho por tu mamá —dijo poniendo en marcha el carro y dirigiéndose a la casa—. Yo sé que de grande vas a ser una excelente doctora.
—Sí. Me gustaría ser como mi papá… pero no sé si quiero ser doctora porque de verdad me gusta o porque la abuela dice que tengo que ser doctora como mi papá.

Sabrina llegó a casa bastante más tranquila y lo más importante, con el tema del cáncer ya archivado… hasta que llegó Sicilia alrededor de las 6 y encontró a Sabrina viendo el *Anthology* de los Beatles… oooootra vez. Fue ahí que recordó todo.

—¡Mami! —la saludó con mucha efusividad—. Mami, ¿qué pasó? ¿Por qué estabas en el hospital de neoplásicas?
—Así que Dante te fue con el chisme… —dejó su cartera sobre la cama y se sentó al lado de Sabrina—. Bueno, hizo bien, yo tampoco estaba de acuerdo con que no te digamos nada.
—¿Estás bien?
—Me empezó a fastidiar un poco el estómago hace unos meses y papito me llevó a hacerme unos exámenes. Me dieron unas pastillas por un tiempo, pero no mejoré. Por eso hace una semana me llevó con el Dr. Yupanqui, ¿te acuerdas de él? Venía a la casa todo el tiempo cuando eras más chica —preguntó sonriente.
—No me acuerdo, pero no importa, ¿qué te dijo?
—Bueno, me hicieron unos exámenes y encontraron un tumorcito aquí —señalándose el abdomen, abajo, en el lado izquierdo—. Nada grande, nada grave, pero decidieron comenzar con quimioterapia de una vez para evitar cirugías y esas cosas feas —explicó arrugando la nariz y acercándole la cara, como hacía cuando Sabrina era chiquita y quería hacerla reír luego de un raspón en la rodilla.
—Ma… en serio, dime qué es. ¿Tienes cáncer?
—Sí, mi amor, es un cáncer. Pero el tumor es pequeñito y lo han encontrado rápido.
—Ah, bueno, menos mal… —respondió Sabrina sin entender muy bien el panorama.

O sea, una cirugía es algo grande, hasta ahí sabía. Diabetes, hipertensión, insulina, tubo de traqueostomía, infarto… pero cirugías y esas cosas, no, mucho menos cáncer. Ella solo sabía que era bien feo, se te caía el pelo y te podías morir.

—¿Se te va a caer el pelo? —preguntó finalmente.
—No sé. El doctor me explicó que a algunas personas se les cae y a otras no —respondió Sicilia agarrándose la cabellera y mirándola—. Pero si se me comienza a caer el pelo, al toque nos vamos a esa tienda de Arenales donde venden pelucas y nos compramos diez pelucas de colores, ¿qué dices?
—Ja ja ja, ay ma, me tratas como si fuese una chiquita… pero ¡YAAAAAA! Ja ja ja.

Comentarios

Comentar

No se mostrará públicamente.

Podrás editarlo desde este navegador.

← Volver a Textos

Yapéame un cafecito ☕️

Código QR de Yape de Sathya Rios.Descargar QR