No es falta de ganas.

punto y coma

Depresión. Una real cagada de nuestro cerebro.
Me preguntaron que cómo se sale de la depresión sin tener plata. Realidad, 100% real. Ni siquiera importa que seamos tercermundistas con un déficit espantoso en la salud pública. El problema más común - GLOBAL - es que la depresión sigue siendo vista como debilidad que se maneja con no pensar en cosas tristes... Ya, ok, gracias.
Entonces, tenemos un sistema sanitario torpemente deficiente. Tenemos juicios de terceros cuando nos ven mal. Como sociedad tenemos escasísimo conocimiento real del tema. Y para colmo de males, una economía bastante deplorable.
Yo ya viví en depresión y fue feo, horrible, devastador. Soy sobreviviente de 1 intento, allá atrás, a mis 23 años; básicamente porque la opinión popular se basaba en: echarle ganas, qué espesa es esta chica que para triste todo el tiempo, y en que las pastillas, resulta, no hacen el trabajo. O sea, solas no.
Cuando vives en depresión no importa qué tienes, nunca es suficiente. Mucho peor si tienes poco. Y ya el colmo de los colmos es cuando tienes más que suficiente, pero resulta que, para tí misma, no lo mereces. No pues señora, déjeme aunque sea degustar en paz un chocolatito, qué le cuesta! Nica, no se puede, no disfrutas nada.
Aunque bueno, no nada; hay momentos de lucidez en los que puedes revolcarte de la risa, te sientes cómoda con tu manada, disfrutas una peli en el cine, qué sé yo. Pero son momentos cortos. Y como pasa con los sueños, te olvidas en un dos por tres. Ah, pero el puñalero de tu cerebro te devuelve después la lucidez de esos recuerdos justo cuando sientes que ahora sí lo has perdido todo, como para decirte: mira, alguna vez fuiste feliz, allá en el pasado, ese que no puedes tocar. La PTM.

Mira, la depresión no es ni chiste, ni juego, ni falta de voluntad. No es una cosa que arreglas con otra cosa; o sea, no es toma Prozac y ya estás. Requiere evaluación, indicación del fármaco según todo: persona, pasado, experiencias, estado actual, peligro, familia, entorno, condición de vida y un largo etcétera, requiere psicoterapia especializada en estos temas y una red de apoyo permanente. Muchísima gente no tiene acceso a todos esos aparentes requisitos para tratar la depresión.
Yo tuve pepas, especialista en salud mental, red de apoyo - aunque no permanente, porque, quieras o no, cuando estás así botas a todos - y así con todo, me estrellé contra el fondo del abismo (figurativamente). Toqué fondo. Las pepas no evitaron que lleve a cabo ese intento. No me detuvieron cuando comencé a literal, irme al carajo. La red de apoyo que sí tuve la suerte de tener, aún no sabía cómo hacer para apoyarme, me les resbalé no más, por eso igualito me caí.
En mi caso, esa fue precisamente mi salida de la oscuridad, cuando toqué fondo y me revolqué en la mera mierda que yo misma dejé regada sobre lo que pudo ser mi vida ideal. No lo recomiendo. Sin embargo, ocurrió y con ello logré, a punta de golpes emocionales, entender que lo que viví fue en realidad una especie de pesadilla elaborada por mi propia mente. Hubo trauma? Sí, obvio, tampoco es que puf y ya está, te da depresión. Hay eventos que contribuyeron enormemente a mi paupérrimo estado mental de ese momento; eventos y errores también, para qué tapar el sol con un dedo. Yo no me generé la depresión, pero sí que tomé decisiones bien estúpidas en mi vida.
Llegué finalmente a ese punto en el que estás tan destruida, que dices: sabe qué? Ya qué chucha y te levantas. Lo hice porque ya pues, si levantarme va a doler igual que estar desparramada aquí, vamos no más. Créeme que muy, muy dentro de ti, no quieres estar en ese lugar. Nadie quiere, no es una elección que tomamos porque nos encanta, fíjate.
Y bueno, así me pasó a mí. Una vez que asomé la cabeza fuera de la podredumbre de mis pensamientos, pude respirar por primera vez en mucho tiempo. Ya solo me quedó escalar, así retrocediera algunos pasos en el proceso. Más que nada porque gracias a ese atisbo de aire inicial, tomé una decisión muy sensata que hasta ahora me sigo agradeciendo: allá atrás no quieres volver, no vas a volver.
Excelente decisión, de verdad, porque cada que mi estado anímico fluctúa al punto de verme de nuevo atormentada por esos pensamientos intrusivos de autolesión, autodestrucción y automartirio, recuerdo esa vez que pude salir del fango y que efectivamente, como te dicen en esos posts de IG con fondo rosado y flores amarillo pastel: sobreviviste al peor momento de tu vida. Carajo, claro que sí! Por algo estamos aquí, no?

Cuesta muchísimo llegar a salir. No tanto por la plata, sino por el costo emocional que implica enfrentar todo eso que te dañó, que te da miedo, que no conoces. Esa es la parte más jodida. Y encima a media caña, porque la depresión te tumba como influenza complicada con neumonía. Hay días que no puedes ni salir de tu cama. Días que no pruebas bocado. Días que lloras desde que abres el ojo hasta que lo cierras y darías lo que sea porque no se abra de nuevo. Eso de: pero mira la hermosura del sol ocultarse en el ocaso! Cada día es un milagro! Aj, sabes qué? Cállate. Por ahí no es.
El camino empieza adentro y duele como la san puta, sorry, no te voy a mentir. Pero de que es posible salir de ahí, lo es. Como que soy la prueba viviente - superviviente - de ello. Y te vuelves a caer, por siaca, eso también pasa. El truco está en recordar cada herramienta que encuentras en el trayecto de escalada hacia arriba y aplicarla en cada desliz. En lo que eso sucede, encontrarás más y más herramientas, hasta que un día puedes guardarlas porque ya no las necesitas a diario, tan solo eventualmente.
Y me disculpas la coprolalia, estimado lector. Sucede que de estas cosas es bien difícil escribir sin que afloren emociones y recuerdos. Aunque aflora también el orgullo de haber estado ahí por años y hoy poder contarte todo esto sin miedo a volver atrás.
Difícil? Si. Imposible? Nica.

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