La educación del rechazo

marylin bored

Te puedo decir que yo sí me sentí bulleada en el cole. De hecho, Casi no llego lo escribí basándome en esas experiencias. Varias cosas ocurrieron de verdad, aunque algunos personajes y escenas me las inventé. Lo que sí es 100% real, son las emociones que contagia la novela. Porque esas sí las viví y las cargué por muchos años.
No me voy a meter en el saco de lo que acaba de ocurrir en el Liceo porque “ay, yo también fui víctima de bullying y sé lo que es”. Imposible. No es lo mismo. Lo ocurrido en el Liceo, en mi opinión, trasciende cualquier definición de bullying, que yo solo podría catalogar como una agresión física que me resulta criminal.
A muchos nos ha dejado en un estado de disgusto que sigue revolviéndonos el estómago e interrumpiéndonos el sueño luego de días de ocurrido. Empatía le dicen.

Escribo esto porque toda la habladuría del bullying me ha movido algunas cosas que yo ya daba por cerradas, cremadas y enterradas.
Yo recibí harto golpe psicológico en el colegio. Con premeditación y alevosía? No sé, prefiero creer que no. Lo que sí tengo claro es que el bullying existe. Y puede destruir vidas. Influye en el desarrollo de la personalidad. Te puede dejar traumatizada, ansiosa, tímida, poca cosa, odiándote por años, incapaz de aceptarte como eres porque te hicieron creer que eras despreciable y merecías que te trataran así.
En todo caso, así fue como yo lo viví. Otros pueden haber sufrido bullying procesándolo distinto, quizá su personalidad se volvió más rígida, más agresiva, más vulnerable, o puede que haya dejado una herida pequeña que lograron superar y solo quedó como un mal momento, no sé.

Pero eso sí, es bien difícil crecer queriéndote cuando tu peso a los 12 años es objeto de burla o cuando quieres expresar una idea y te callan a gritos frente a un montón de gente. Cuando ya de vieja comencé a cuestionarme todo, porque simplemente no encajaba en ninguna parte, comencé a soltar el pasado. Dejé de culparlo para justificar mis actitudes del presente. Y con eso no más se me levantó un edificio de 40 pisos de encima. Tomó su tiempo, no te voy a mentir; porque claro, son golpecitos chiquitos, que desde afuera parecen cojudeces y bromas inocentes, pero cómo se van sumando hasta calar en lo más hondo de tu alma, caray.
No creas que ya me curé y que la herida no se abre de vez en cuando. Pero al menos ahora le puedo dar su sopladita y deja de arder. Luego sigo no más, porque a fin de cuentas, de qué me sirvió arrastrar el pasado más de 25 años, si o no?
Si alguna vez tuviste esa sensación de ser el raro, el feo o el rechazado, quizá te sientas acompañado ahora que sabes que somos varios los que nos vimos forzados a vivir apagados, disfrazados y con máscaras porque ser nosotros mismos hacía que nos dañen.

Y te digo una cosa más. Ser la rara nunca fue malo. Lo malo para mí fue forzarme mendigar la aceptación de un grupo de personas que se regían por estándares inventados por ellos mismos. Nunca fue necesario, mira a la hora que me vengo a enterar.

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