La ansiedá

la familia simplista

Te quiero contar cómo me funciona la ansiedad.
Me disfunciona, amigo, me disfunciona.
Horrible, espantoso. De hecho, llegó un punto en el que salir de mi casa para ir a la chamba, una tarea rutinaria cualquiera, se convirtió en una anticipación tan brava que no me quedó otra que decir: bien, gracias brain, hasta aquí llegamos; y acto seguido: aló, doctor Carreño?
Busqué a mi psiquiatra la misma mañana que abrir la puerta de la calle me generó un nudo en la garganta que no me dejó ni respirar.
Ya se veía venir. Llevaba meses en plan: día que piso la calle, día que mi corazón late a mil, sobre todo cuando pasa una moto. No calculas lo que es ir por la calle tocando tu bolsillo, caleta, para asegurarte que el celular que colocaste ahí hace no más de cinco minutos, sigue ahí. Desastroso, espeluznante.

No siempre fui así. Apuradita, sí; inmediatista, totalmente; catastrófica, of course, cómo no; pero ansiosa a ese nivel? Jamás. Ni idea de cuándo comenzó. Solo sé que fue escalando hasta que solo me sentía tranquila cuando me metía a mi cueva sin planes de salir en las siguientes 24 horas. Si no era ese el panorama, mi corazón con su: bueno señorita, vamos a hacer como que corremos la maratón de Boston, quizá hasta la ganemos. Gaaaaah.

Y mira que yo vivo con responsabilidades. Ponme en una emergencia y funciono como robot industrial en línea de ensamblaje. Ah, pero dime que vaya manejando a visitar a mi tía en Jesús María…

Ahí está lo jodido. Cuando todo lo demás me genera activación máxima de protocolo antinuclear dentro de mi cabeza. No, pero más jodido aún es cuando ya, se activa la defensiva para la tercera guerra mundial, a la vez que mi lado racional sabe perfectamente qué está pasando, que no hay peligro cerca, que no hay motivos para tanta preparación; óigame no, señora, mire que no hay necesidad de salir corriendo.

Qué baaaarbaro cómo pesan las descargas adrenérgicas en ese momento. Las emociones. La imaginación!
Rienda suelta a mi imaginación cuando voy a la bodega a comprar pan, por ejemplo. O sea ya no, pero antes de empezar tratamiento farmacológico, ponía un pie fuera de mi edificio y frente a mí aparecía una pantalla en segundo plano donde pasaba una moto con dos ocupantes, uno me apuntaba con un arma, me quitaba el celular, me vaciaba las cuentas, el banco negaba la reposición a pesar de tener seguro en la tarjeta, encima los delincuentes llamaban a mi papá haciéndose pasar por mí con IA y mi papá se ponía en peligro porque me creía secuestrada. Todo esto en lo que me tomaba mirar a ambos lados de la pista para cruzar y entrar a la panadería de enfrente sin el menor contratiempo.

Tienes idea el gasto de energía que acarrea ese nivel de procesamiento? Con razón paraba cansada pues, la típica de: dormí pero no descansé. Afortunadamente existen tratamientos para domar tu cerebro. Desafortunadamente no actúan de la noche a la mañana. Las pastillas ayudan una barbaridad, pero tu sistema nervioso a veces es reacio a entender que no hay peligro.

Trabajar la ansiedad implica convencer a tu mente de que todo está ok. Pero tu mente ansiosa es como un ateo a quien intentan convencerle de que el infierno existe mediante panfletos y palabras de testigos de Jehová tocando a su puerta a las 6 de la mañana un domingo.

No importa. Igual hay que hacerlo. Ya dejé de vivir mucho tiempo por culpa de la ansiedad.

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