Hobbies peligrosos.

Me sugirieron “hobbies peligrosos” como idea para un texto.
Ser creador de contenido, sin duda.
Vea que yo comencé el viaje hace uuuuf, con mi blog de hace mil años. Ahí me veías escribe y escribe - y la gente chingue y chingue. Mientras más escribía, más me peleaba con extraños jajaja. Recién entonces descubrí lo que verdaderamente era internet en los 2000: un montón de gente trastornada que podía esconderse detrás de una pantalla y comentar desde el ano, porque nadie le está viendo la cara.
De ahí, sin querer, Tik Tok. Diosssssssss, Tik Tok es el vórtice que te lleva derechito al infierno en formato vertical y con musiquita de fondo. Una ahí tratando de educar y medio mundo aventándote caca. Es que amigo, amiga, no es factible inyectarte cloro a la vena para curarte el covid sin que te mueras, acéptalo.
La pandemia fue la explosión de los sabelotodo en internet. Dignos estudiantes de universidades tan prestigiosas como Twitter o Facebook. Aventurarme por ahí definitivamente fue una decisión mal calculada.
Para empezar, nadie me dijo que alguien me vería. Mucho menos me dijeron que entrar a Tik Tok como creadora de contenido basado en evidencia en medio de una pandemia sería un campo de batalla donde media población llegaba armada hasta los dientes con capturas de Telegram.
Cómo es, no? Tanta información disponible y decides creerle al payaso que te vende estampitas protectoras como medida de bioseguridad. No pues señora, no ve que el covid no le tiene miedo a diosito? Pero bueno, muy aparte de eso, que ya es decir bastante, nunca, jamás, en la vida, pensé que me vería involucrada no solo en una guerra contra la desinformación, sino en una guerra política asquerosa. Y menos aún se me ocurrió que algún personaje con suficiente audiencia podía señalarte y abrir las compuertas para que una procesión de completos desconocidos llegara a explicarte por qué eres una basura humana.
Así tan feos somos? Que nos provoca satisfacción destruir a una persona al punto de llevarla a tener pensamientos suicidas? Como que pasa, eh? Menos mal yo no llegué tan lejos, pero puedo asegurarte que sí viví uno de los PEORES momentos de mi vida.
Y también puedo asegurarte que no volví a ser la misma. Cultura de la cancelación le dicen. Dura una nada - siempre hay más personas que no conoces para funar sin el menor sentido -, supongo que porque se aburren rápido y buscan la novedad, vaya usted a saber, pero el punto es lo que denotan estas acciones: como sociedad estamos bien trastornados.
Y obvio, ya sé que la humanidad no inventó la crueldad cuando creó las redes sociales. Ponte, antes había plazas públicas y ahora tenemos wifi y una cuenta con foto de Piolín; algo más tecnológico, digamos. Porque a ver, luego de todo el trajín de crecer, equivocarme y madurar, encontré que la paz era mi objetivo principal en la vida; y lograr la paz es medio incompatible con andar buscando cosas que te indignen por deporte. De hecho, andar molestándote o indignándote por un suceso ajeno a ti, solo consume energía y no te aporta nada más que una buena tanda de cortisol.
Por otro lado, ser creadora de contenido conlleva una responsabilidad enorme, particularmente cuando hablas de salud y ciencia. No puedes ir por ahí con opiniones ni experiencias y ya, así no funciona la ciencia, my friend. La ciencia es evidencia reproducible, no es hacer un video asegurando que te vas a curar el cáncer con un brazalete de bronce anclado a la tierra para absorber la energía de la madre naturaleza - que al final te cuesta 50$, link in bio! -. Y sumado a esa responsabilidad, está el comentario del señor que durmió mal, lleva 40 años trabajando en una institución pública de cara al cliente y no tomó café esa mañana, que abrió instagram, le pareció pésimo lo que decías, se indignó de sobremanera y te lo tenía que hacer saber. Ese día te convertiste en su desayuno. Bien, ah?
Ay, la gente pues. También podría inferir, aunque lejos de mi experiencia personal, que los creadores de contenido que se dedican a compartir sus vidas y promocionar marcas se la llevan peor. Ahí parece que hay una competencia olímpica de quién deja el comentario más nefasto, quién cala más en la salud mental del influencer o no sé, quién es más creativo en destruirle la dignidad a un perfecto desconocido.
Así que sí. Ser creador de contenido definitivamente encabeza mi lista de hobbies peligrosos. Te expones voluntariamente ante miles de personas que no te conocen pero desarrollan opiniones bastante intensas sobre tu cara, tu voz, tu trabajo, tu vida, tu moral, hasta de tu mamá. Terrible.
Bueno, ni modo. Bonito día! 😀
Comentarios
Comentar